FELICIDADES PAPÁ

No sé cómo decirte lo que traigo en el corazón. Lo más fácil es como lo hacen todos, sin cuestionar nada: Feliz Día del Padre. ¿Pero por qué? No es que no lo sienta, lo que pasa es que no me gusta hacer las cosas nomás porque sí.
Recuerdo cuando era pequeña, tú trabajabas todo el día, llegabas a comer, descansabas un ratito y te ibas otra vez. Cuando albortábamos mucho mis hermanos y yo, mamá siempre nos regañaba, nos decía que nos calmáramos para dejarte descansar. Otras veces, ante alguna travesura, o algo que no le gustaba a ella, siempre teníamos la amenaza: “Si no te portas bien se lo voy a decir a tu papá”.

De esta manera aprendimos a tenerte miedo. Cuando en la noche regresabas a casa, todo cansado, mamá te recibía con las quejas de nosotros, y tú, nos llamabas la atención para que le hiciéramos caso, que nos portáramos bien, la ayudáramos en todo, hiciéramos la tarea de la escuela. Y cuando las cosas eran más grandes, tu voz se convertía en un trueno provocándonos miedo, pues amenazaba las nalgadas. Pero ahora que recuerdo, casi nunca nos pegabas para corregirnos.

Los domingos era lo que más me agradaba, como días de fiesta, tú le ayudabas a mamá a arreglarnos, me gustaba me cepillaras el pelo e hicieras las colitas, aunque no te quedaran parejitas y apretadas. Después de desayunar todos juntos, nos íbamos a misa y luego nos comprabas un cono de nieve o una paleta. Jugábamos en el parque. Acabando la comida te ibas a la cama, me acostaba contigo, te abrazaba y nos quedábamos dormidos.

El tiempo pasó, me llegó la adolescencia. Me chocaba mucho que mamá siempre estuviera con la misma canción: “Vas a ver con tu papá”, para controlar mi rebeldía. Por eso no te platiqué nada de mi primer novio, tenía miedo de que me regañaras y me dijeras que no tenía edad para eso. Cuando él me dijo que ya no seríamos novios, el corazón se me deshizo. Por aquel entonces casi no hablábamos entre nosotros, controlando mis lágrimas para que no me delataran, fui, te abracé y me quedé dormida junto a ti. Cuando te levantaste me desperté, me preguntaste qué me pasaba, te dije que nada, tus ojos penetraron en los míos, tu mano acarició mis cabellos, las lágrimas brotaron junto con la confidencia. Me escuchaste con mucha atención, tus palabras tranquilas me consolaron.

Ahora ya estoy en la universidad, estudiando lejos de ustedes. En mi vida solitaria he podido aplicar todo lo que me enseñaste, entiendo por qué no debo regresar tarde a casa, mantener todo limpio y arreglado, hasta cambiar un foco y el tanque de gas. Pero sobre todo la fe en Dios, solo me daba cuenta que los domingos íbamos a misa, pero ahora distingo que tu vida era congruente con eso, pues siempre fuiste justo, a pesar del cansancio y las cosas económicas que te agobiaban, eras feliz. Nos enseñaste lo que es el amor y la auténtica vida de familia. Haces el bien a todas las personas que te rodean.

Siempre que te necesito ahí estás, a una llamada telefónica de distancia. Tienes la palabra exacta para cada momento en específico, a pesar de que hablas poco. Aunque eres hombre sabes muchas cosas de mujeres, con lo que me aconsejas perfectamente sin ser un sabio. Por eso les digo a todos mis amigos que eres un padre a toda madre.

Phillip H. Brubeck G.

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