El síndrome de la rana cocida

Sin duda alguna la situación de nuestro país es insostenible con respecto a la inseguridad que estamos viviendo día con día.

Escucho el caso de una joven que se llevaron con todo y carro y a las horas liberaron, luego me cuentan que una conocida está en el hospital porque le propinaron tremenda golpiza al robarla, del joven a quien le quitaron su camioneta y lo rociaron con gas pimienta, de otra conocida a quien le robaron todas sus joyas cuando se metieron a su casa, etc. Entonces, me pongo a hacer un recuento mental de todos los casos recientes de que he sabido de personas que han sufrido algún tipo de robo o violencia y me embarga un sentimiento de impotencia tan grande como estoy segura que lo siente la mayoría de aquellos quienes han tenido conocimiento de estos hechos. Al comentarlo con amigos, escucho “Lo bueno es que solo se llevaron el coche”, “Lo bueno es que solo se llevaron las cosas de su casa, pero no había nadie”.

Lo entiendo, entiendo este punto de vista de elegir el menor de los males. Pero entonces, me lleno de tristeza al pensar que estamos invadidos por el síndrome de la rana cocida, aquel que explica que, si calientas agua en una olla y echas una rana, esta instintivamente saltará fuera de ella, pero que, si pones a la rana en el agua tibia y enciendes la flama, el agua se irá calentando poco a poco y la rana morirá sin hacer el menor esfuerzo por escapar. Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a la violencia a nuestro alrededor, poco a poco vemos estas infamias como algo del día a día.

Claro que lo material no tiene el mismo valor que el bienestar de una persona, pero ¿por qué hemos de sentirnos aliviados de que nos roben? El punto de llegar a casi estar agradecidos con los pillos porque no nos lastimen, aunque se lleven nuestras cosas materiales. Cosas, sí, pero cosas que nadie nos ha regalado, que son fruto de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo diario por salir adelante, cosas que nos hemos ganado con el sudor de nuestra frente, que nos hemos ganado con ahínco, quizá noches sin dormir, vaya, hasta sacrificando tiempo lejos de nuestras familias. No podemos, no debemos acostumbrarnos a la delincuencia en ninguna de sus formas. Puedo asegurar que cualquiera que haya sido víctima de un asalto o un robo, se siente ultrajado y lo sé porque así me he sentido yo en todas aquellas ocasiones que he sido el blanco de un incidente de esta naturaleza. No debemos quedar sumergidos y permitir cada vez más atrocidades.

Debemos hacer algo para defendernos y apoyarnos entre nosotros como sociedad, como clase trabajadora, como mexicanos, porque temo el día en que nos acostumbremos entonces a que nos quiten las cosas con violencia y entonces estemos agradecidos con los malos por no quitarnos la vida.

Adela Aranguren

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